La joya de 1938
Se inauguró el 9 de enero de 1938 con 200 habitaciones, cancha de golf, farmacia y hasta sucursal bancaria. El mobiliario incluía piezas del diseñador francés Jean-Michel Frank.
Su nombre proviene del llao llao, un hongo local que crece sobre coihues y ñires. Desde el primer día, el hotel fue más que alojamiento: era declaración de lo que Bariloche aspiraba a ser.
Ubicado sobre una meseta entre el Lago Nahuel Huapi y el Lago Moreno, el Llao Llao se ve desde casi todo el Circuito Chico. Aunque no te hospedes, conviene verlo desde Puerto Pañuelo o desde los miradores del camino.
El incendio que casi lo borra
El 26 de octubre de 1939 un incendio, probablemente por un cortocircuito, destruyó casi por completo el edificio de madera. El fuego consumió también el mobiliario de autor que lo había hecho famoso.
Para una ciudad que recién empezaba a proyectarse al turismo internacional, fue un golpe durísimo. El hotel más ambicioso de la Patagonia ardía cuando todavía era novedad.
Pero la respuesta fue igual de contundente: reconstruir, y hacerlo rápido. Bariloche no estaba dispuesta a renunciar a su símbolo de lujo.
Reconstruido en tiempo récord
La reconstrucción mantuvo el diseño de Alejandro Bustillo, pero esta vez con hormigón armado, mampostería y piedra. Reabrió el 15 de diciembre de 1940, trece meses después del siniestro.
La Segunda Guerra Mundial cortaba el turismo a Europa, y Bariloche ganó visitantes de elite de toda la región. Desde entonces el Llao Llao se convirtió en símbolo de la Patagonia de lujo: el lugar donde la naturaleza y la arquitectura compiten por cuál impresiona más.
Cómo verlo (con o sin reserva)
No hace falta hospedarse para sentir la escala del lugar. De lejos parece una ilustración; de cerca, entendés por qué generaciones de viajeros lo eligen como imagen definitiva de Bariloche.
- Circuito Chico: el clásico para ver el hotel desde los miradores
- Puerto Pañuelo: otra perspectiva desde el lago
- Merienda o té en el hotel: si querés cruzar el portón y sentir el interior
- Capilla San Eduardo, en el predio: joya arquitectónica aparte