Un sueño que tardó décadas
Desde 1908 la ley de fomento de los Territorios Nacionales incluía un ramal hasta el Nahuel Huapi. Suena lógico hoy, pero en aquella Patagonia era una empresa colosal: montaña, bosque, ríos y distancias enormes.
Los trabajos avanzaron a tramos. En 1933 la obra seguía detenida en Pilcaniyeu, a unos 75 km de la ciudad. Bariloche esperaba como quien mira el reloj, con un pueblo chico de madera y tejuelas que dependía del lago casi tanto como de la tierra.
Cada kilómetro de riel era una apuesta sobre el futuro turístico de la región. Nadie imaginaba todavía la Bariloche de hoy, pero muchos ya sospechaban que el tren podía cambiarlo todo.
5 de mayo de 1934: el día que festejó el pueblo
Las lanchas del lago hicieron sonar sus sirenas cuando avistaron el tren. Se abrió una ruta nueva entre el Atlántico y la cordillera. Por primera vez, Bariloche quedaba conectada al resto del país por riel.
Hubo asado popular, bandas, discursos y esa mezcla de orgullo y alivio de un pueblo que siente que dejó de estar en el fin del mapa. La estación todavía no estaba terminada, pero eso no importó: lo importante era que el tren había llegado.
Desde ese mayo, Bariloche dejó de ser un destino solo para aventureros y ganaderos. Empezó a pensarse como ciudad con horizonte.
Bariloche antes y después
En 1932 se habían recibido unos 620 turistas. Seis años después del ferrocarril, la cifra superaba los 4.000. El tren no solo trajo visitantes: trajo productos, inversión y una idea nueva de lo que Bariloche podía ser.
El pueblo ganadero empezó a convertirse en capital turística. Hoteles, excursiones, comercios: todo se aceleró a partir de ese mayo de 1934. El Llao Llao, el Centro Cívico y el Modesta Victoria llegaron en los años siguientes sobre las bases de una ciudad que ya no estaba aislada.
Junto a la estación se armó el varadero donde se botó el Modesta Victoria. Bariloche creció alrededor del tren y del muelle como si fueran dos brazos que abrazan el lago.
Rastros que podés buscar hoy
El tren de carga dejó de operar como en su época dorada, pero la huella sigue en la ciudad. Caminar por la zona de la estación es imaginar a un Bariloche chico esperando el silbido de la locomotora que lo cambiaría todo.
La Trochita no es el tren de 1934, pero ayuda a imaginar el vapor, el traqueteo y la sensación de otra Patagonia. Estos son los puntos clásicos para seguir el rastro:
- La estación ferroviaria y su entorno, hoy parte del paisaje urbano de Bariloche
- La Ruta 237, que muchos recorren siguiendo el trazado que el ferrocarril abrió hacia el este
- La Trochita (Villa La Angostura - Ojos de Agua), a poco más de una hora, para sentir el vapor de otra época